miércoles, 20 de abril de 2005

Cuento inconcluso




Querida Mar:

Te escribo a tu orilla, desde aquella vieja taberna en aquel viejo puerto donde una vez nos conocimos. Hoy estás más bella que nunca, y estás caprichosa y rebelde como todas las mujeres lo sois. Veo la silueta desdentada de mi barco balanceándose en tu seno, mientras jugueteas con él como lo haces conmigo cuando paseamos juntos.
Hoy estoy aquí, contemplándote tras las ventanas, mientras a mi espalda dormitan borrachos un puñado de marineros y escucho la música del llanto del cielo sobre este cristal que deforma mi panorama. Hoy te hablo porque estoy muy solo, y aunque lo viste todo y lloraste por mí, necesito contártelo. Han sido muchos los mares que he surcado, y muchas las veces que entré en batalla, con el olor de la pólvora entremezclada con el de sangre fresca, los gritos de terror y de furia entrechocándose como lo hacen los sables en el fragor del abordaje, las noches, tus malas noches en que zarandeabas mi cascarón y agarrado en la oscuridad de mi camarote sentía cómo lamías la cubierta con tus lágrimas, mientras cimbreaban los cables del velamen y rasgaban tu noche inmensa, más inmensa sin ti. Es cierto, llevamos mucha guerra a nuestras espaldas, demasiado peso en la mochila.
Debí haber desconfiado de él cuando lo reconocí. No se puede evitar que un escalofrío te saluda toda la espina dorsal cuando en el horizonte avistas una vela. Comienzas a prepararte, con el corazón en un puño, siempre, inevitablemente, para la lucha o la huida. Cuando avistamos su divisa, lo tomamos como amigo, porque lo era, y aunque me duela, continúa siéndolo. Toda la tripulación subió alborozada a cubierta, con la esperanza de abrazar a algún conocido y encontrar una excusa aceptable para hacerse con una buena pinta de cerveza. Recogimos velas y esperamos pacientes su arribada.
Siempre había sido una nave bonita. Recordarás que surcamos mucho tiempo los mares juntos, abordando a cuantos se ponían al alcance de nuestras piezas, escapando por los pelos de muchos e inciertos peligros, y tragando los tragos más amargos a solas contigo, como aquella tempestad cerca de Buena Esperanza que casi nos hace ir a verte en persona. ¡Por Neptuno…!
Sí, fueron buenos tiempos. Era todo un gozo contemplar la silueta familiar y recordar las andanzas. Si no hubiese estado ensimismado con buenos recuerdos hubiese advertido su poca actividad en cubierta, o las portillas abiertas mostrando las bocas negras de las veinte piezas de estribor.
Creía haberlo divisado sobre cubierta, y aunque me pareció más serio que de costumbre, más taciturno, no recelé. Hice señas y aspavientos, con mi alegría más sincera, y creí que me respondía, aunque en realidad, realidad amarga como la hiel, estaba dando la orden de fuego.
Nos largó una andanada terrible, espantosa, con mala saña. Sentí como el barco gemía y se estremecía bajo mis pies, por un momento pensé que se desencuadernaba. Todo el aire se llenó de un humo blanco y el griterío y el pánico arreciaron en cubierta. No sé si es que los últimos zarpazos que la vida me ha brindado han surtido su efecto, porque en otro tiempo ese hubiese sido el final. Pero la cuestión es que hice lo que debía hacer. Bajé del castillo de popa y ordené largar velas. La tripulación tenía la lección de antaño bien aprendida. Nos había tocado algún palo, pero pronto lo tuvimos casi a todo trapo mientras virábamos a estribor como alma que llevaba el diablo. Cuando largó la segunda andanada se encontró con la popa que se alejaba.
No hizo maniobra para seguirnos, en parte porque no debía pretenderlo, en parte porque sabía que éramos más rápidos que él, las últimas escaramuzas lo habían dejado claro como también habían dejado claro que nuestras estelas se separaban.
Estuvimos hasta bien entrada la noche achicando a la luz asustada de los fanales, cerrando vías de agua en una sentina con astillas flotando impotentes de rabia y de dolor.
Con la luz del día reparamos el velamen y la jarcia, en un silencio que dolía más que la muerte misma. Tú misma nos acompañaste tranquila y sosegada, arrullando nuestras penas como sólo tú sabes y puedes hacerlo.
Y aquí estamos de nuevo, en este viejo puerto, curando esas heridas que no cierran. Sabes que de peores he salido, y saldré adelante de ésta, bien lo sabes. Pero esta es una andanada de las que duele, de las que dan bajo la línea de flotación de un corazón ya cansado y marcado por el dolor.
Por eso recurro a ti, que lames las heridas más duras. A tu orilla, desde aquella vieja taberna en aquel viejo puerto donde una vez nos conocimos.

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